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viernes, 19 de junio de 2009

Freud, Los actos obsesivos y las prácticas religiosas

LOS ACTOS OBSESIVOS Y LAS PRÁCTICAS RELIGIOSAS
(Zwangshandlungen un Religionsübungen)
1907

No soy seguramente el primero en haber advertido la analogía entre los llamados
actos obsesivos de los neuróticos y las prácticas devotas con las que el creyente
atestigua su piedad. Prueba de ello es el nombre de «ceremoniales» dado a
algunos de tales actos obsesivos. Pero, a mi juicio, tal analogía no es meramente
superficial; y así, basándonos en el conocimiento de la génesis del ceremonial
neurótico, podemos arriesgar algunas conclusiones, por analogía, sobre los
procesos psíquicos de la vida religiosa.
Las personas que realizan actos obsesivos o desarrollan un ceremonial
pertenecen, junto con aquellas que sufren de representaciones o impulsos
obsesivos, a una unidad clínica especial, designada habitualmente con el nombre
de «neurosis obsesiva1». Mas no ha de pretenderse derivar de tal denominación la
peculiaridad de esta dolencia, pues en rigor también otros distintos fenómenos
psicopatológicos presentan el llamado «carácter obsesivo». En lugar de una
definición hemos de ofrecer aún, por ahora, el conocimiento detallado de dichos
estados, ya que no se ha logrado todavía descubrir el carácter distintivo de la
neurosis obsesiva, el cual yace probablemente en estratos muy profundos, aun
cuando su existencia parece evidenciarse en todas las manifestaciones de la
enfermedad.
El ceremonial neurótico consiste en pequeños manejos, adiciones, restricciones y
arreglos puestos en práctica, siempre en la misma forma o con modificaciones
regulares, en la ejecución de determinados actos de la vida cotidiana. Tales
manejos nos producen la impresión de meras «formalidades» y nos parecen faltos
de toda significación. Así, aparecen también a los ojos del enfermo, el cual se
muestra, sin embargo, incapaz de suspender su ejecución, pues toda infracción del
ceremonial es castigada con una angustia intolerable que le obliga en el acto a
rectificar y a desarrollarlo al pie de la letra. Tan nimias como los actos ceremoniales
mismos son las situaciones y las actividades que el ceremonial complica dificulta y
retrasa, por ejemplo, el vestirse y el desnudarse, el acostarse y la satisfacción de
las necesidades somáticas. El desarrollo de un ceremonial puede describirse
exponiendo aquella serie de leyes no escritas a las que se adapta fielmente.
1 Cf. Löwenfeld: Die psychischen Zwangsercheinungen, 1904.
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Veamos, por ejemplo, un ceremonial concomitante con el acto de acostarse: el
sujeto ha de colocar la silla en una posición determinada al lado de la cama y ha de
poner encima de ella sus vestidos, doblados en determinada forma y según cierto
orden; tiene que remeter la colcha por la parte de los pies y estirar perfectamente
las sábanas; luego ha de colocar las almohadas en determinada posición y adoptar
él mismo, al echarse, una cierta postura; sólo entonces podrá disponerse a
conciliar el sueño. En los casos leves, el ceremonial parece tan sólo la exageración
de un orden habitual y justificado. Pero la extremada minuciosidad de su ejecución
y la angustia que trae consigo su omisión dan al ceremonial un carácter de «acto
sagrado». Por lo general el sujeto soporta mal cualquier postergación del mismo y
excluye la presencia de otras personas durante su ejecución. Toda actividad
puede convertirse en acto obsesivo, en el más amplio sentido, cuando resulta
complicada por pequeñas adiciones o adquiere un ritmo constante por medio de
pausas y repeticiones. No se esperará hallar una delimitación precisa entre el
«ceremonial» y los «actos obsesivos». En su mayor parte, los actos obsesivos
proceden de un ceremonial. Con ambos forman el contenido de la enfermedad las
prohibiciones y los impedimentos (abulias), que, en realidad, no hacen más que
continuar la obra de los actos obsesivos en cuanto hay cosas que el paciente
encuentra prohibitivo hacer y otras que sólo ateniéndose a un ceremonial prescrito
puede ejecutar.
Es singular que tanto la obsesión como las prohibiciones (tener que hacer lo uno,
no debe hacer lo otro) recaigan tan solo, al principio, sobre las actividades solitarias
del hombre y dejen intacta, a través de muchos años, su conducta social,
circunstancia por la que estos enfermos pueden considerar durante mucho tiempo
su enfermedad como un asunto estrictamente particular y ocultarlo totalmente. Así,
el número de personas que padecen estas formas de neurosis obsesivas es mucho
mayor del que llega a conocimiento de los médicos. La ocultación se hace,
además, más fácil a muchos enfermos, por cuanto son perfectamente capaces de
cumplir sus deberes sociales durante una parte del día, después que han
consagrado, en soledad, un cierto número de horas a sus misteriosos manejos. No
es difícil apreciar en qué consiste la analogía del ceremonial neurótico con los
actos sagrados del rito religioso. Consiste en el temor que surge en la conciencia
en caso de omisión, en la exclusión total de toda otra actividad (prohibición de la
perturbación) y en la concienzuda minuciosidad de la ejecución. Pero también son
evidentes las diferencias, algunas de las cuales resaltan con tal fuerza, que hacen
sacrílega la comparación. Así son en su gran diversidad individual los actos
ceremoniales frente a la estereotipia del rito y el carácter privado de los mismos
frente a la publicidad y la comunidad de las prácticas religiosas. Pero sobre todo el
hecho de que los detalles del ceremonial religioso tienen un sentido y una
significación simbólica la diferencia de los del ceremonial neurótico, que parecen
insensatos y absurdos. La neurosis obsesiva representa en este punto una
caricatura, a medias cómica y triste a medias, de una religión privada. Sin
embargo, precisamente esta diferencia decisiva entre el ceremonial neurótico y el
ceremonial religioso desaparece en cuanto la técnica de investigación
psicoanalítica nos facilita la comprensión de los actos obsesivos. Esta investigación
desvanece por completo la apariencia de que los actos obsesivos son insensatos y
absurdos y nos revela el fundamento de tal apariencia. Averiguamos que los actos
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obsesivos entrañan en sí y en todos sus detalles un sentido, se hallan al servicio de
importantes intereses de la personalidad y dan expresión y vivencias cuyo efecto
perdura en la misma y a pensamientos cargados de afectos. Y esto de dos
maneras distintas: como representaciones directas o como representaciones
simbólicas, debiendo, por tanto, ser interpretadas históricamente en el primer caso
y simbólicamente en el segundo. Expondremos algunos ejemplos destinados a
ilustrar esta afirmación. A las personas familiarizadas ya con los resultados de la
investigación psicoanalítica de las psiconeurosis no les sorprenderá leer que lo
representado por medio de los actos obsesivos o el ceremonial se derivan de la
experiencia más íntima del sujeto, sobre todo de su experiencia sexual.
a) Una joven, sometida a observación por mí, padecía la obsesión de dar varias vueltas con
la palangana llena en las manos inmediatamente después de lavarse. La significación de
este acto ceremonial yacía en el proverbio según el cual no se debe tirar el agua sucia
antes de tener otra limpia. El acto tenía por objeto amonestar a una hermana suya y
retenerla de separarse de su marido, poco grato, antes de haber entablado relaciones con
otro hombre mejor.
b) Una mujer que vivía separada de su marido obedecía en sus comidas a la obsesión de
dejar lo mejor. Así, de un pedazo de carne asada tomaba tan sólo los bordes. Esta
renuncia quedó explicada por la fecha de su misma génesis. Había surgido, en efecto, al
día siguiente de haber notificado a su marido la separación de cuerpos; esto es, de haber
renunciado a lo mejor.
c) Esta misma paciente no podía sentarse más que en un sillón determinado y le costaba
mucho trabajo levantarse de él. El sillón era para ella, a causa de ciertos detalles de su
vida conyugal, un símbolo de su marido, al cual se mantenía fiel.
Como explicación de su obsesión halló la frase siguiente:
{¡Es tan difícil separarse de algo (hombre, sillón) en el que ha estado una sentada!}
d) También solía repetir, durante un cierto tiempo, un acto obsesivo, especialmente singular
y absurdo. Iba de un cuarto a otro en cuyo centro había una mesa, disponía de cierto
modo el tapete que la cubría, llamaba a la criada, arreglándoselas de manera que se
acercara a la mesa, y la despedía luego con una orden cualquiera. En sus esfuerzos para
explicar esta obsesión se le ocurrió que el tapete de la mesa tenía una mancha de color
subido, y que ella lo colocaba todas las veces de tal modo, que la criada lo viera
necesariamente. Todo ello era la reproducción de una vivencia de su historia conyugal
que había planteado ulteriormente un problema a su pensamiento. Su marido había
sufrido en la noche de bodas un percance que no es, por cierto, nada raro. Se había
encontrado impotente y «había venido varias veces, en el transcurso de la noche, desde su
cuarto al de ella» para renovar sus tentativas de consumar el matrimonio. Por la mañana
manifestó su temor de que la camarera del hotel sospechara, al hacer las camas, lo que le
había ocurrido, y para evitarlo, cogió un frasquito de tinta roja y vertió parte de su
contenido en la sábana; pero tan torpemente, que la mancha encarnada quedó en un lugar
poco apropiado para su propósito. La paciente jugaba, pues, a la noche de novios con su
acto obsesivo. La mesa y la cama fueron conjuntamente el símbolo del matrimonio.
e) Otra de sus obsesiones, la de apuntar el número de los billetes de Banco antes de
desprenderse de ellos, tenía también una explicación histórica. En la época en que
abrigaba ya el propósito de separarse de su marido si encontraba otro hombre más digno
de su confianza, se dejó hacer la corte, durante su estancia en un balneario, por un señor
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que le agradaba, pero del que no sabía con seguridad si estaría dispuesto a casarse con
ella.
Un día, no teniendo dinero suelto, le pidió que le cambiara una moneda de cinco
coronas. Así lo hizo él y manifestó galantemente que no se desprendería ya jamás
de aquella moneda que había pasado por sus bellas manos. En ocasiones
sucesivas se sintió esta señora tentada de pedirle que le enseñara la moneda
como para convencerse de que podía dar crédito a sus galanterías. Pero no lo hizo
pensando razonablemente en la imposibilidad de distinguir entre sí monedas del
mismo valor.
La duda permaneció, pues, en pie y dejó tras de sí la obsesión de apuntar los
números de los billetes de Banco, por los cuales se distingue individualmente cada
billete de los demás de igual valor.
Estos pocos ejemplos, extraídos de la copiosísima colección por mí reunida,
tienden a explicar exclusivamente la tesis de que los actos obsesivos entrañan, en
todos sus detalles, un sentido y son susceptibles de interpretación. Lo mismo
puede afirmarse del ceremonial propiamente dicho, pero la demostración exigía
mayor espacio. No se me oculta en modo alguno hasta qué punto la explicación de
los actos obsesivos parece alejarnos del círculo de ideas de tipo religioso. Entre
las condiciones de la enfermedad figura la de que la persona que obedece a la
obsesión realice los actos correspondientes sin conocer la significación de los
mismos, por lo menos su significación capital. Sólo el tratamiento psicoanalítico
hace surgir en su conciencia el sentido del acto obsesivo y los motivos impulsores.
Decimos, por tanto, que el acto obsesivo sirve de expresión a motivos y
representaciones inconscientes, lo cual parece entrañar una nueva diferencia con
respecto a las prácticas religiosas; pero hemos de pensar que también el individuo
devoto desarrolla generalmente el ceremonial religioso sin preguntar su
significación, en tanto que el sacerdote y el investigador sí conocen, desde luego,
el sentido simbólico del rito. Pero los motivos que impulsan a la práctica religiosa
son desconocidos a todos los creyentes o quedan representados en su conciencia
por motivos secundarios interpuestos.
El análisis de los actos obsesivos nos ha procurado ya un atisbo de la causa de los
mismos y de la concatenación de sus motivos. Puede decirse que el sujeto que
padece obsesiones y prohibiciones se conduce como si se hallara bajo la
soberanía de una conciencia de culpabilidad, de la cual no sabe, desde luego, lo
más mínimo. Trátese, pues, de una conciencia inconsciente de culpa2, por
contradictorios que parecen los términos de semejante expresión. Esta conciencia
de culpabilidad tiene su origen en ciertos acontecimientos psíquicos precoces, pero
encuentra una renovación constante en la tentación reiterada en cada ocasión
reciente y engendra, además, una expectación angustiosa que acecha de continuo
una expectación de acontecimientos desgraciados, enlazada, por el concepto del
castigo, a la percepción interior de la tentación.
Al principio de la formación del ceremonial, el enfermo tiene aún conciencia de que
ha de hacer necesariamente esto o aquello si no quiere que le ocurra una
desgracia, y por lo regular, todavía se hace presente a su conciencia cuál es la
2 Strachey comenta que ésta sería la primera aparición explícita del término ‘consciencia inconsciente de
culpa’.
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desgracia temida. La relación, siempre demostrada, entre la ocasión en la que
surge la angustia expectante y el contenido con el cual amenaza, se oculta ya al
enfermo. Así, pues, el ceremonial se inicia como un acto de defensa o de
aseguramiento, como una medida de protección.
A la conciencia de culpabilidad de los neuróticos obsesivos corresponden la
convicción de los hombres piadosos de ser, no obstante la piedad, grandes
pecadores, y las prácticas devotas (rezos, jaculatorias, etc.), con las que inician sus
actividades cotidianas y especialmente toda empresa inhabitual, parece entrañar el
valor de medidas de protección y defensa.
Considerando el hecho primero en que se basa la neurosis obsesiva, logramos una
visión más profunda de sus mecanismos. Tal hecho es siempre la represión de un
impulso instintivo3 (de un componente del instinto sexual) que se hallaba integrado
en la constitución del sujeto; pudo exteriorizarse durante algún tiempo en la vida
infantil del mismo y sucumbió luego a la represión. Ésta crea una vigilancia
especial de la conciencia, orientada hacia los fines de dicho instinto; pero tal
vigilancia, producto psíquico de la reacción al mismo, no se considera segura, sino,
muy al contrario, amenazada de continuo por el instinto que acecha en lo
inconsciente.
La influencia del instinto reprimido es percibida como tentación, y en el curso
mismo del proceso de represión nace la angustia, la cual se apodera del porvenir
bajo la forma de angustia expectante. El proceso de represión que conduce a la
neurosis obsesiva es, por tanto, un proceso imperfectamente cumplido y que
amenaza fracasar cada vez más. Resulta así comparable a un conflicto sin
solución, pues son necesarios de continuo nuevos esfuerzos psíquicos para
equilibrar la presión constante del instinto.
Los actos ceremoniales y obsesivos nacen así, en parte, como defensa contra la
tentación, y en parte, como protección contra la desgracia esperada. Pronto los
actos protectores no parecen ya suficientes contra la tentación, y entonces surgen
las prohibiciones, encaminadas a alejar la situación en que la tentación se produce.
Vemos, pues, que las prohibiciones constituyen a los actos obsesivos, del mismo
modo que una fobia está destinada a evitar al sujeto un ataque histérico. Por otra
parte, el ceremonial representa la suma de las condiciones bajo las cuales resulta
permitido algo distinto, aún no prohibido en absoluto, del mismo modo que la
ceremonia nupcial de la Iglesia significa para el creyente el permiso del placer
sexual, considerado, si no, como pecado. AI carácter de la neurosis obsesiva, así
como al de todas las afecciones análogas, pertenece también el hecho de que sus
manifestaciones (sus síntomas, y entre ellos, también los actos obsesivos) llenan
las condiciones de una transacción entre los poderes anímicos en pugna. Traen así
consigo de nuevo algo de aquel mismo placer que están destinadas a evitar y
sirven al instinto reprimido no menos que las instancias que lo reprimen. E incluso
sucede que al progresar la enfermedad los actos primitivamente encargados de la
defensa van acercándose cada vez más a los actos prohibidos, en los cuales el
instinto pudo manifestarse lícitamente en la época infantil.
3 Triebregung: literalmente (moción pulsional); según Strachey es la primera aparición publicada de este
concepto tan ampliamente empleado por Freud.
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De estas circunstancias hallaríamos también en los dominios de la vida religiosa lo
que sigue: La génesis de la religión parece estar basada igualmente en la renuncia
a determinados impulsos instintivos; mas no se trata, como en la neurosis,
exclusivamente de componentes sexuales, sino de instintos egoístas, antisociales,
aunque también éstos entrañen, por lo general, elementos sexuales. La conciencia
de culpabilidad consecutiva a una tentación inextinguible y la angustia expectante
bajo la forma de temor al castigo divino se nos ha dado a conocer mucho antes en
los dominios religiosos que en los de la neurosis. Quizá a causa de los
componentes sexuales entremezclados, o acaso a consecuencia de cualidades
generales de los instintos, también en la vida religiosa resulta insuficiente y nunca
perfecta la represión de los instintos. Las recaídas en el pecado son incluso más
frecuentes en el creyente que en el neurótico y sirven de base a un nuevo orden de
actividades religiosas: a los actos de penitencia, cuyo paralelo encontraremos
también en la neurosis obsesiva.
La neurosis obsesiva presenta un carácter peculiarismo que la despoja de toda
dignidad. Y es el hecho de que el ceremonial se adhiere a los actos más nimios de
la vida cotidiana y se manifiesta en prescripciones insensatas y en restricciones
absurdas de los mismos. Este rasgo singular de la enfermedad se nos hace
comprensible cuando averiguamos que el mecanismo del desplazamiento psíquico,
descubierto por mí en la producción de los sueños4, preside también los procesos
anímicos de la neurosis obsesiva. En los ejemplos de actos obsesivos antes
expuestos se hace ya visible cómo el simbolismo y el detalle de tales actos nacen
por medio de un desplazamiento desde el elemento auténtico e importante a un
sustitutivo nimio; por ejemplo, desde el marido al sillón. Esta tendencia al
desplazamiento es la que modifica cada vez más el cuadro de los fenómenos
patológicos y logra, por fin, convertir lo aparentemente más nimio en lo más
importante y urgente. Es innegable que en el terreno religioso existe también una
tendencia análoga al desplazamiento del valor psíquico, y precisamente en igual
sentido; de suerte que el ceremonial, puramente formal, de las prácticas religiosas
se convierte poco a poco en lo más esencial y da de lado su contenido ideológico.
Por eso las religiones sufren reformas que se esfuerzan en establecer los valores
primitivos.
A primera vista, los actos religiosos no parecen entrañar aquel carácter
transaccional que los actos obsesivos integran como síntomas neuróticos, y, sin
embargo, también acabamos por descubrir en ellos tal carácter cuando recordamos
con cuánta frecuencia son realizados, precisamente en nombre de la religión y en
favor de la misma, todos aquellos actos que la misma prohíbe como
manifestaciones de los instintos por ella reprimidos. Después de señalar estas
coincidencias y analogías podríamos arriesgarnos a considerar la neurosis
obsesiva como la pareja patológica de la religiosidad; la neurosis, como una
religiosidad individual, y la religión, como una neurosis obsesiva universal. La
coincidencia más importante sería la renuncia básica a la actividad de instintos
constitucionalmente dados, y la diferencia decisiva consistiría en la naturaleza de
tales instintos, exclusivamente sexuales en la neurosis y de origen egoísta en la
religión.
4 Cf. La interpretación de los sueños (1900), capítulo VI.
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La renuncia progresiva a instintos constitucionales, cuya actividad podría aportar al
yo un placer primario, parece ser uno de los fundamentos del desarrollo de la
civilización humana. Una parte de esta represión de instintos es aportada por las
religiones haciendo que el individuo sacrifique a la divinidad el placer de sus
instintos. «La venganza es mía», dice el Señor. En la evolución de las religiones
antiguas creemos advertir que mucha parte de aquello a lo que el hombre había
renunciado como «pecado» fue cedido a la divinidad y estaba aun permitido en
nombre de ella, siendo así la cesión a la divinidad el camino por el cual el hombre
hubo de liberarse del dominio de los instintos perversos, antisociales. No es quizá,
por tanto, una casualidad que a los dioses antiguos se les reconocieran, sin
limitación alguna, todas las cualidades humanas -con los crímenes a ellas
consecutivos-, ni tampoco una contradicción, el que a pesar de ello no fuera lícito
justificar con el ejemplo divino los crímenes propios.
Viena, febrero 1907



Freud


Sigismund Freud, que, a los veintidós años, habría de cambiar ese nombre por el de Sigmund, nació en Freiberg, en la antigua Moravia (hoy Príbor, Checoslovaquia), el 6 de mayo de 1856. Su padre fue un comerciante en lanas que, en el momento de nacer él, tenía ya cuarenta y un años y dos hijos habidos en un matrimonio anterior; el mayor de ellos tenía aproximadamente la misma edad que la madre de Freud -veinte años más joven que su esposo- y era, a su vez, padre de un niño de un año. En su edad madura, Freud hubo de comentar que la impresión que le causó esta situación familiar un tanto enredada tuvo como consecuencia la de despertar su curiosidad y aguzar su inteligencia. 

En 1859, la crisis económica dio al traste con el comercio paterno y al año siguiente la familia se trasladó a Viena, en donde vivió largos años de dificultades y estrecheces, siendo muy frecuentes las temporadas en las que, durante el resto de su larga vida (falleció en octubre de 1896), el padre se encontraría sin trabajo. Freud detestó siempre la ciudad en la cual, por otra parte, residió hasta un año antes de su muerte, cuando, en junio de 1938 y a pesar de la intercesión de Roosevelt y Mussolini, se vio obligado, dada su condición de judío -sus obras habían sido quemadas en Berlín en 1933-, a emprender el camino del exilio hacia Londres como consecuencia del Anschluss, la anexión de Austria al rancio proyecto pangermanista de la Gran Alemania, preparada por los nazis con ayuda de Seyss-Inquart y los prosélitos austriacos. 


Freud en su estudio

La familia se mantuvo fiel a la comunidad judía y sus costumbres; aunque no fue especialmente religiosa; al padre cabe considerarlo próximo al librepensamiento, y el propio Freud había perdido ya las creencias religiosas en la adolescencia. En 1873, finalizó sus estudios secundarios con excelentes calificaciones. Había sido siempre un buen estudiante, correspondiendo a los sacrificios en pro de su educación hechos por sus padres, que se prometían una carrera brillante para su hijo, el cual compartía sus expectativas. Después de considerar la posibilidad de cursar los estudios de derecho, se decidió por la medicina, aunque no con el deseo de ejercerla, sino movido por una cierta intención de estudiar la condición humana con rigor científico. A mitad de la carrera, tomó la determinación de dedicarse a la investigación biológica, y, de 1876 a 1882, trabajó en el laboratorio del fisiólogo Ernst von Brücke, interesándose en algunas estructuras nerviosas de los animales y en la anatomía del cerebro humano. De esa época data su amistad con el médico vienés Josef Breuer, catorce años mayor que él, quien hubo de prestarle ayuda, tanto moral como material. En 1882 conoció a Martha Bernays, su futura esposa, hija de una familia de intelectuales judíos; el deseo de contraer matrimonio, sus escasos recursos económicos y las pocas perspectivas de mejorar su situación trabajando con Von Brücke hicieron que desistiese de su carrera de investigador y decidiera ganarse la vida como médico, título que había obtenido en 1881, con tres años de retraso. 

Sin ninguna predilección por el ejercicio de la medicina general, resolvió adquirir la suficiente experiencia clínica que le permitiera alcanzar un cierto prestigio, y, desde julio de 1882 hasta agosto de 1885, trabajó como residente en diversos departamentos del Hospital General de Viena, decidiendo especializarse en neuropatología. En 1884 se le encargó un estudio sobre el uso terapéutico de la cocaína y, no sin cierta imprudencia, la experimentó en su persona. No se convirtió en un toxicómano, pero causó algún que otro estropicio, como el de empujar a la adicción a su amigo Von Fleischl al tratar de curarlo de su morfinomanía, agravando, de hecho, su caso. En los círculos médicos se dejaron oír algunas críticas y su reputación quedó un tanto ensombrecida. En 1885, se le nombró Privatdozent de la Facultad de Medicina de Viena, en donde enseñó a lo largo de toda su carrera, primeramente neuropatología, y, tiempo después, psicoanálisis, aunque sin acceder a ninguna cátedra. 

La obtención de una beca para un viaje de estudios le llevó a París, en donde trabajó durante cuatro meses y medio en el servicio de neurología de la Salpêtrière bajo la dirección de Jean Martín Charcot, por entonces el más importante neurólogo francés. Allí tuvo ocasión de observar las manifestaciones de la histeria y los efectos de la hipnosis y la sugestión en el tratamiento de la misma. De regreso a Viena, contrajo matrimonio en septiembre de 1886, después de un largo noviazgo jalonado de rupturas y reconciliaciones como consecuencia, en especial, de los celos que sentía hacia quienquiera que pudiese ser objeto del afecto de Martha (incluida su madre). En los diez años siguientes a la boda, el matrimonio tuvo seis hijos, tres niños y tres niñas, la menor de las cuales, Anna, nacida en diciembre de 1895, habría de convertirse en psicoanalista infantil. 

Poco antes de casarse, Freud abrió una consulta privada como neuropatólogo, utilizando la electroterapia y la hipnosis para el tratamiento de las enfermedades nerviosas. Su amistad con Breuer cristalizó, por entonces, en una colaboración más estrecha, que fructificaría finalmente en la creación del psicoanálisis, aunque al precio de que la relación entre ambos se rompiera. Entre 1880 y 1882, Breuer había tratado un caso de histeria (el de la paciente que luego sería mencionada como «Anna O.»); al interrumpir el tratamiento, habló a Freud de cómo los síntomas de la enferma (parálisis intermitente de las extremidades, así como trastornos del habla y la vista) desaparecían cuando ésta encontraba por sí misma, en estado hipnótico, el origen o la explicación. En 1886, luego de haber comprobado en París la operatividad de la hipnosis, Freud obligó a Breuer a hablarle de nuevo del caso y, venciendo su resistencia inicial, a consentir en la elaboración conjunta de un libro sobre la histeria. Durante la gestación de esta obra, aparecida en 1895, Freud desarrolló sus primeras ideas sobre el psicoanálisis. Breuer participó hasta cierto punto en el desarrollo, aunque frenando el alcance de las especulaciones más tarde características de la doctrina freudiana y rehusando, finalmente, subscribir la creciente convicción de Freud acerca del papel desempeñado por la sexualidad en la etiología de los trastornos psíquicos. 

En 1896, luego de romper con Breuer de forma un tanto violenta, Freud empezó a transformar la metodología terapéutica que aquél había calificado de «catarsis», basada en la hipnosis, en lo que él mismo denominó el método de «libre asociación». Trabajando solo, víctima del desprecio de los demás médicos, el tratamiento de sus pacientes le llevó a forjar los elementos esenciales de los conceptos psicoanalíticos de «inconsciente», «represión» y 'transferencia'. En 1899, apareció su famosa La interpretación de los sueños, aunque con fecha de edición de 1900, y en 1905 se publicó Tres contribuciones a la teoría sexual, la segunda en importancia de sus obras. Estos dos fueron los únicos libros que Sigmund Freud revisó puntualmente en cada una de sus sucesivas ediciones. 

Hasta 1905, y aunque por esas fechas sus teorías habían franqueado ya definitivamente el umbral de los comienzos y se hallaban sólidamente establecidas, contó con escasos discípulos. Pero en 1906 empezó a atraer más seguidores; el circulo de los que, ya desde 1902, se reunían algunas noches en su casa con el propósito de orientarse en el campo de la investigación psicoanalítica, fue ampliado y cambió, incluso, varias veces de composición, consolidándose así una sociedad psicoanalítica que, en la primavera de 1908, por invitación de Karl Gustav Jung, celebró en Salzburgo el Primer Congreso Psicoanalítico. Al año siguiente, Freud y Jung viajaron a Estados Unidos, invitados a pronunciar una serie de conferencias en la Universidad Clark de Worcester, Massachusetts, comprobando con sorpresa el entusiasmo allí suscitado por el pensamiento freudiano mucho antes que en Europa. En 1910 se fundó en Nuremberg la Sociedad Internacional de Psicoanálisis, presidida por Jung, quien conservó la presidencia hasta 1914, año en que se vio obligado a dimitir, como corolario de la ruptura fallada por el mismo Freud en 1913, al declarar improcedente la ampliación jungiana del concepto de «líbido» más allá de su significación estrictamente sexual. En 1916 publicó Introducción al psicoanálisis.

En 1923, le fue diagnosticado un cáncer de mandíbula y hubo de someterse a la primera de una serie de intervenciones. Desde entonces y hasta su muerte en Londres el 23 de septiembre de 1939, estuvo siempre enfermo, aunque no decayó su enérgica actividad. Sus grandes contribuciones al diagnóstico del estado de nuestra cultura datan de ese período (El porvenir de una ilusión [1927], El malestar en la cultura [1930], Moisés y el monoteísmo [1939]). Ya con anterioridad, a través de obras entre las que destaca Tótem y tabú (1913), inspirada en el evolucionismo biológico de Darwin y el evolucionismo social de Frazer, había dado testimonio de hasta qué punto consideró que la importancia primordial del psicoanálisis, más allá de una eficacia terapéutica que siempre juzgó restringida, residía en su condición de instrumento para investigar los factores determinantes en el pensamiento y el comportamiento de los hombres.